Hay que aprender a ver y entender todo aquello que no se dice ni se muestra, para exponerlo en realidades evidentes. Debemos aprender a descorrer el velo de mentiras con que se nos impone una forma inhumana de despojo a través del engaño de que “con esfuerzo podemos alcanzar nuestras metas”. Esta reconstrucción de la verdad en lo cotidiano, a la luz de la sabiduría popular y de los elementos originarios de nuestros pueblos, es la manera de afrontar el hecho crudo y simple de que los pueblos que se abandonan a si mismos son transformados en el principal insumo para el enriquecimiento del sistema capitalista, el que se lleva además de la vida de las personas y junto a ellas, la naturaleza, los recursos naturales, las mentes individuales y las capacidades colectivas.
Debemos prepararnos para convertir en imagen cierta, decible y reconocible, a toda esta maquinaria de silencios conspiradores de la vida y de ruidos falseadores de la muerte, para que a través de la lógica de los pueblos pueda ser desarmada en su mecanismo perverso y presentada a la luz, para delatar la verdadera naturaleza de los saqueadores de la riqueza de nuestras naciones y de las fuentes de trabajo de nuestras sociedades. Y construir una nueva realidad de verdadero progreso, nueva para nosotros que nacimos en la mentira del “progreso para todos”, pero tan antigua en si misma como la esperanza del ser humano.
Huir de enfrentar este destino hoy en día es debilidad, es huir de la realidad. Ningún pueblo, ninguna sociedad alcanzará concientemente su victoria si no acuña con voluntad su destino, si no pone comprensión en sus sueños, si no consolida su progreso con acciones decididas tendientes a buscar la verdad. Es un progreso peligroso, sin duda, en cuanto a que el progreso de los pueblos debilita necesariamente las cadenas con que los poderosos sistemas económicos atan a los pueblos, cadenas que se fortalecen principalmente desde la ignorancia y desde el miedo de los propios pueblos subyugados. Peligroso pero necesario, imprescindible, la naturaleza misma está gritando la necesidad de una victoria sobre los depredadores históricos de sus riquezas, entre ellas la vida. No hay alternativas. Debemos esforzarnos en esta lucha para hacer todo lo posible en reconfigurar nuestro mundo, dignificar a nuestro pueblo, proteger la vida, recuperar el equilibrio con la naturaleza volviendo a vivir en base al respeto a la tierra como nuestros antepasados vivieron.